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Y a usted ¿cuántos cuyes le regalan por pitar? | Pasto Ilustrado

Y a usted ¿cuántos cuyes le regalan por pitar?

caricatura-ramonIlustración: Ramón Ortega

Por:  Nathalia Jurado Rosero

@Natrioshka

Está claro, vivimos en una ciudad intolerante. Lo anterior no es discutible, pero sí remediable.

 San Juan de Pasto, es una ciudad particularmente pequeña, descomedidamente hospitalaria y sí, sorpresivamente encantadora, pero ¿todo funciona bien en ella?

Desde hace un tiempo atrás, nos hemos dado cuenta que Pasto ya no pertenece al “selecto” grupo de “ciudades fantasma”. Ciudad ubicada al sur de un país el cual hasta muy hace poco, tuvo la cortesía de incluirla en las clases de geografía, de sus colegios y escuelas. Pasto, ahora suena más que la Guaneña en nuestros carnavales. Y eso es importante, claro que lo es, pero no lo es todo. Lo importante es cómo nos vemos acá adentro.

En estos tiempos, nuestra ciudad es un lugar que muchos quieren conocer y visitar. Los que ya han venido, quieren regresar. Esas personas, los foráneos, nos catalogan como personas honestas, nobles y buenas. Cualidades innegables, motivo de orgullo, pero no se han dado cuenta de algo más: somos irasciblemente intolerantes. Este grave defecto lo notamos nosotros mismos pero muy pocas veces, o casi nunca, hemos hecho algo por acabar de raíz con él. Lo vivimos en el trabajo, la casa, la calle. Y es, indudablemente, en esta última, donde sacamos ese pastuso, de sombra negra,  que todos llevamos dentro. Ese pastuso intransigente que sólo aparece cuando pensamos en nosotros mismos, no en la gente que nos rodea y con la que convivimos a diario. Nosotros como pastusos, hace mucho tiempo se nos olvidó cómo es vivir en sociedad, trabajar en equipo, pensar colectivamente, hacer una “minga” y trabajar por un mismo fin: por nuestra amada región.

Es en las calles, nuestras calles, las que están llenas de agujeros, las enfermas, las estropeadas, las maltratadas, las “chiltadas”; en donde ocurren muchas situaciones e historias que a diario percibimos. Es ahí, donde he hecho un pequeño análisis acerca de esta incómoda situación. La he podido hacer porque yo: soy “de a pie”.

Todos los días mientras camino por el centro de Pasto, me doy cuenta que nuestros “ases del volante” se olvidaron, en primer lugar, para qué sirve un semáforo, también desconocen qué significan unas gruesas rayas blancas pintadas sobre el piso. No tienen idea alguna del porqué sus, bien cuidados, carros llevan unas “lucecitas” al lado y lado y mucho menos han entendido qué o quiénes somos los valientes peatones. Somos esas personas que antes de salir de nuestros hogares, debemos persignarnos alrededor de diez veces y rezar, como mínimo, unos cinco Rosarios.

Es increíble que una ciudad relativamente pequeña, lleve tanto desorden a sus espaldas. Es por todo esto, que me he tomado el atrevimiento de aclararle a usted, querido conductor, algunas “pequeñas” cosas para que tenga muy en cuenta antes de salir de su garaje.

En primer lugar, cabe aclarar que el semáforo no, léase bien, NO pertenece al alumbrado navideño. Está bien, me dirá que a veces suele equivocarse un poco, pero a pesar de tener unas luces pintorescas, déjeme explicarle que estos aparatos son señales luminosas que indican quién debe pasar, esperar o detenerse. La luz verde (y volvemos con el verde) les advierte si la vía está libre. La roja les indica si deben detenerse, parar, frenar, en fin. Y hay una luz amarilla que aunque usted se las quiera dar de daltónico y la atisbe color verde-amarela (el verde me persigue), significa “precaución”, “vaya frenando”, “no se aligere tanto”, “respire y arranque”, pero ¡no pite!

Por otra parte, esas rayas blancas que siempre las puede ver “a lo lejo” y se hace el “atarantado” cuando las ve, se llaman “paso de cebra”. Sí señor, aquí en Pasto y en Tanzania. Éste, amigo pastuso, es un tipo de paso para peatones. No es un paso de vacas, ni caballos, ni bueyes, ni burros y mucho menos de las mismas dueñas del nombre. Peatones, sí, gente como usted o como yo, pero sin carro. El peatón es el que tiene derecho a pasar una vez haya puesto su pie sobre él. Es ahí donde usted tiene que parar y dejar pasar. (Les sonará muy shakespeariano pero es así, debería ser así). Recuerden: ¡parar!, no ver el pie del inocente transeúnte, acelerar mucho más, pegarse al pito (el de sus carros) y no conformes con eso aplastarles la extremidad.

Y bueno, volvamos a las luces. Las luces direccionales. Éstas mi querido conductor, sirven para avisar a sus colegas (o sea, los otros conductores), acerca de la maniobra que está por hacer. Ya sea frenar, girar o seguir girando Nota: puede hacer lo que quiera hacer pero, por la Virgen de las Lajas o el Niño del Cabuyo (libre elección), avise. Pueden usar esa pequeña palanca que está cerca al volante, (la del carro), para activarlas (las luces) “antes de”, no después o en medio de su hazaña. Entienda que esta es una manera de prevenir, a todos los que lo rodeamos, de sus movimientos. Si no lo hace: quédese callado, no grite, no insulte, no eche “guascazos”, ni sea “tondolo”, no se crea dueño de la calle. Deje al peatón tranquilo y tampoco intente dejarlo “soreco” con los distorsionados acordes de su pito (ya sabe cuál).

Estas situaciones, se viven a diario. Aquí en Pasto, (todos) los buses  creen que están en el Autódromo de Tocancipá, compitiendo con otras mulas, perdón tractomulas. (Casi todos) los taxis, se sueñan en la Nascar. Con la “única” diferencia que en la Nascar, no recogen pasajeros en la mitad de la pista. Y (la mayoría, sino “toditícas”) las motos, muy aparte de manejar por donde ellas quieren, se han convertido en un deplorable perchero de carteras “ranchadas”, no sin antes asegurarse, de que la víctima quede, como mínimo, con un pie roto. El mismo pie, que debería poner en el paso de cebra.

Eso, es en resumen todo lo que ocurre a diario. Nuestras calles son receptoras de una sinfonía muy desafinada con una mezcolanza de sonidos enloquecedores. Es necesario un cambio de pensamiento, de actitud. De acuerdo, el pito, claxon, bocina, como lo quieran llamar: existe y es un elemento indispensable de su automóvil. Pero ¿es necesario que Pasto parezca que está de caravana todo el tiempo? Aquí, no se puede diferenciar cuando gana nuestro amado Deportivo Pasto y cuando no. Igual, pitan, pitan y pitan… ¿Qué les regalan por “pegarse al pito”? ¿Bonos, millas, plata, cuyes? ¿Qué razón tienen para haber convertido a esta “tranquila” ciudad, en una orquesta mal armada?

No seamos tan intolerantes, respetemos nuestras calles, nuestros peatones, nuestra movilidad, respetémonos nosotros mismos. Seamos conscientes que Pasto, al ser una ciudad de calles estrechas, de andenes pequeños, de cuadras “guatas”, no tiene por qué soportar una nefasta contaminación auditiva. Aquí, como en otras ciudades, un 80% de los habitantes sufren de sordera y no precisamente porque estén llegando a la tercera edad. O sea casi todos somos sorecos. Simple. Todo ocurre gracias a esta situación, la de “pegarse al pito”, pues ayuda a que este fenómeno siga dañando y causando desorden en el ecosistema. Estamos contribuyendo a que se alteren las condiciones normales de nuestro ambiente, provocando efectos negativos a nuestra salud auditiva. ¿No es razón suficiente para “bajarle” al pito?

 

Por último le digo, señor conductor: no llegue de último a la fila, de veinte carros, pegado a su pito. No acose a la ambulancia, no irrespete al ciclista, no asuste a los niños (con su pito), no grite al anciano, no insulte al discapacitado, no le dé mangazos al volante, ni le pite al semáforo que él no tiene la culpa de que usted vaya tarde, a donde vaya. ¡Tranquilícese! Dele despacio, madrugue más, sonría un poco, desayune antes de salir, respire, rece, abrace a sus “guaguas”, dele una “mucha” a su esposa, salga relajado, mire el sol y si el día está gris, imagíneselo (al sol, no al pito) pero no pite, por lo que más quiera ¡no pite!

 

Anexo

 

Si  usted, querido lector, se encuentra ubicado en el grupo de los “foráneos”, que alguna vez han visitado nuestra ciudad; la conoce, la quiere, la respeta, quiere volver o quiere quedarse y no entendió algunas palabras o expresiones que están mencionadas acá “arribita”, con gusto le entrego la explicación de cada una. Porque así somos los pastusos: amables, serviciales y “buenas fe”. Aquí les va:

 

  • Minga: del quechua (mink’a) que era como ciertas comunidades andinas llamaban al trabajo agrícola colectivo a beneficio general de la tribu.
  • Chiltados(as): participio del verbo chiltar. Y éste significa: deslucir, desportillar.
  • “De a pie”: somos nosotros, los que no tenemos carro y nos toca (o nos toca), caminar cuesta arriba y cuesta abajo.
  • “A lo lejo”: significa a los lejos, pero sin s.
  • Atarantado(a): significa atolondrado. Y atolondrado es participio de atolondrar. Y atolondrar señala aturdir, es decir causar aturdimiento (Ejemplo: así como los dejé en estos momentos).
  • Guascazos: puñetazo.
  • Tondolo(a): tonto.
  • Toditícas: todas, toditas, todas.
  • Soreco(a): Así, como estoy yo por su “oda” al pito: sorda.
  • Ranchadas: participio de ranchar. Y este verbo significa arrebatar.
  • Guato(a): pequeño, chaparro.
  •  “Pegarse al pito”: pegar su mano de manera indiscriminada en el pito de su carro, generando así, un panorama ensordecedor en las calles de nuestra ciudad.
  • “Bajarle al pito”: no pitar tanto. Sólo lo necesario. Punto.
  • Guagua: niño.
  • Mucho(a): beso en quechua, expresiones como “Dame una Mucha” significa “Dame un Beso”.
  • “Arribita”: significa  arriba, pero con cariño.
  • “Buenas Fe”: buena gente, buena onda, buena vibra, buena persona. En conclusión: buena.

 

Algunas definiciones fueron tomadas del Diccionario Pastuso. http://www.culturapasto.gov.co/index.php?option=com_glossary&task=list&letter=&Itemid=13

 

 

 

Author: Pasto Ilustrado

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1 Comment

  1. Buen día. Es un gusto leerte, siempre con tu excelente aporte en Pasto Ilustrado. Felicitaciones por tu obra. Abrazos.

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